La nena del boli rojo

06 septiembre, 2006

La importancia de los nombres propios


Anoche, a raíz del comentario de un amigo, comencé a pensar en la importancia de los nombres. Este contaba la historia de una compañera de clase, belga, cuyo físico hacía justicia al mito de la belleza nórdica y cuyo nombre, traducido al español, no se ajustaba a las estupendas medidas de su cuerpo. Ramona, era el nombre, y aunque yo no pensara -ni piense- que ese pudiera ser un motivo de burla, lo cierto es que hasta para mí resutaba inevitable que la letrilla de la famosa canción me viniese a la cabeza.
Entonces empezó a asaltarme la idea de que sí, que, a veces, un nombre puede ser importante. Si te llamas KevinCosnerdeJesús (con todos mis respetos a los Kevincósneres del mundo) puedes ser carne de cañón toda tu vida. Y si no acudid a la experiencia propia: ¿qué ocurría en vuestra clase cuando alguien tenía un nombre de rima fácil? Ni que decir tiene que ahora entiendo perfectamente una de las neurosis más habituales entre las parejas embarazadas que conozco: la elección del nombre de la futura criatura. Si uno ya duda entre comprar leche desnatada o semidesnatada, ¿cómo no dudar en la elección de esa etiqueta que acompañará a tu hijo toda la vida?

En esas estaba esta mañana cuando un verdadero bofetón de realidad en plena cara me hizo descubrir la verdadera importancia de los nombres propios:
Lo leí enThe New York Times: en lo que va de año más de 1000 iraquíes han acudido a la administración para cambiarse el nombre. El motivo: quieren seguir vivos.
En este país donde la estabilidad y la paz no se recuerdan, donde cada día mueren decenas de personas, nadie se atreve ya a decir cómo se llama por miedo a que lo reconozcan como miembro de una de las dos comunidades más importantes del país. Y es que parece haber nombres tradicionalmente suníes: Omar, Othman, Marwan..., mientras que otros son típicamente chiítas: Ali, Hussein, Abbas o Sajad. Por lo visto, lo mismo ocurre con los apellidos: Dulaimi y Jubouri típicamente Suníes frente a Lami y Daraji, de tradición chiíta.
Este nuevo método de adscripción nominal directa hace mucho más injustos los criterios (injustos) de la epidemia de (la siempre injusta) muerte que asola Irak. La locura que llegó al país hace tres años se contagia rápido, llega rápido y mata apenas dos segundos después de haberte identificado; por eso se prefieren los nombres neutros, como Ahmed y Muhammad, que lo mismo te valen para ser de una u otra comunidad. Y aunque estos últimos tampoco te garanticen llegar vivo al día siguiente, cada vez se demandan más, y no sólo por las vías oficiales: la falsificación de "gensiyas" (el equivalente a nuestro DNI) se ha convertido en el último gran negocio en Irak.

Los nombres son importantes. A Ramona no se lo pregunten, preguntenselo a Saddam Hussein Al-Majid, residente en Irak, miembro de la comunidad suní, víctima de la elección de un nombre.


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